miércoles, 3 de junio de 2009










GRISÚ>

Manolo, después de ponerse la ropa de trabajo,se acercó a su amigo Juan José, que sentado en un banco de la casa de aseo del pozo Carrio, parecía triste y ausente. Casi un año había pasado desde aquella víspera del primero de mayo del setenta y dos, cuando ambos fueron detenidos y encarcelados, acusados de pertenecer a las ilegales Comisiones Obreras. Fue entonces cuando Elena (presionada por sus padres) rompió su relación con Juan José, sumiéndole en una profunda depresión de la que no era capaz de salir.
Juan José saludó a su amigo cuando este se sentó a su lado y conversaron sobre las penosas condiciones de seguridad por las que pasaban en la rampa, donde a menudo mientras picaban carbón pinchaban bolsas de grisú. Después de recoger sus lamparas, se acercaron a la boca del pozo y bajaron en la jaula hasta la planta, una vez allí se sentaron en un vagón del rápido y en el trayecto hasta el cuarto corte, Juan José cerró los ojos como suelen hacer los que aprovechan el viaje para echar un pigaciu. Pero Manolo sabia que lo que le pasaba a su amigo era que el desamor le producía un profundo malestar que le desgarraba por dentro y no le dejaba vivir.
Llegaron a la Vena del Muro y los picadores, el guaje y el posteador se sentaron a comer el bocadillo. Estaban terminando cuando llego el vigilante, momento que aprovecho Ramón, el picador mas veterano para decirle que algo habría que hacer pues en aquella rampa era muy peligroso trabajar. El vigilante le contesto que ya se lo había comentado al capataz y que este le dijo que tenían que aguantar unos días mas, pues les estaban preparando otro taller y mientras tanto el ingeniero no les daba otro destino porque no admitía una bajada de la producción.
Después de preparar la madera para el posteo y darle tira, los picadores ocuparon cada uno su serie, los martillos empezaron a sonar y el ambiente se fue llenando de un espeso polvo. Cuando el puntero pinchó la bolsa de gas, en la rampa se escuchó un gran estruendo producido por el derrabe que dejo enterrado de cintura para abajo a Juan José, que en un primer momento trató de liberarse apartando con rabia el carbón que lo atrapaba. Luego, cuando el grisú le fue adormeciendo apareció Elena, su Diosa de ojos bellos y de rizada melena, que desde una alcoba dorada le llamaba con los brazos abiertos.
Cuando sus compañeros lograron llegar hasta él y Manolo le vio aquella expresión de felicidad dibujada en el rostro, comprendió que para su buen amigo había llegado el tiempo de la paz infinita.

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